Nadia miraba por la ventana, como buscando alguna señal. Una de esas señales que nunca llegan.
Vio la sombra de Michel en el espejo, y escuchaba su voz como una grabación de mala calidad, a lo lejos; en realidad no le ponía atención, parecía importante por los gestos y la entonación; pero pensaba en porqué aquel cuarto tenía una ventana tan pequeña, porqué era tan oscuro, y porqué tenía olor como a muerte.
Nadia se levanto desnuda con el sudor escurriéndole aún por el cuello y la espalda, pateó ligeramente sus zapatos en el suelo, se acerco a Michel para incitarle a repetir. Michel se movió.
- Estamos hablando.- dijo Michel, mirándola fijamente, casi sonó como un regaño.
Nadia se levantó, tomó su ropa regada de la habitación, fue a vestirse al baño.
Michel decía algo sobre sus sentimientos; Nadia sentía que los ojos le colapsarían si ese fastidio de carne no se callaba.
Sonó el teléfono de Michel con esa estúpida tonada, Nadia nunca supo quién era el grupo pero era recalcitrante al sentido del oído.
-Eres lo único que habla aquí y sin embargo no dices ni una puta mierda- le dijo sin mirarlo, tomó el teléfono aún sonando y lo lanzó por la pequeña ventana, se escucho el crac en el suelo muy a lo lejos.
Michel se levantó y le dio una bofetada, Nadia cayó al piso. El se arrepintió y la ayudo a levantarse, Nadia en respuesta le araño la cara, el ojo de Michel empezó a sangrar demasiado, ella tomo la base de la lámpara y le atestó un golpe seco en el cráneo.
Michel se desmayó.
Sólo traía el pantalón, Nadia se excitó, nunca había sentido más ganas de follárselo. Había un silencio que incitaba a hacer caso a los más recónditos pensamientos.
Le quitó el pantalón, se introdujo el miembro dormido de Michel, le mordió el rostro, duró una media hora cuando sintió que Michel empezó a moverse un poco,con una mano volvió a tomar la base de la lámpara que estaba sobre sus bragas, y le atestó otro golpe, y otro y otro, la sangre comenzó a salpicarle el cuerpo y la cara, un último golpe, se vino.
Sacó a Michel de ella, y se quedó recostada a su lado pintada de rojo, parecía una escultura.
Suspiró, se sintió bien, desde hacía mucho que no se sentía así, se incorporó y tomó un cigarrillo de su chaqueta, lo encendió. Una bocanada, dos.
-Te amo, Michel.- No pudo evitar soltar una risilla nerviosa.
Era verdad, le amaba, a ese silencioso, húmedo y complaciente trozo de carne.
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